21 de octubre de 2026 · Indumor
Elegir el rotor de un ventilador centrífugo se parece a elegir las cubiertas de una camioneta. Las de ruta son silenciosas y gastan poco, pero en el barro patinan. Las de barro pasan por cualquier lado, y en la ruta hacen ruido y gastan más. Con el rotor pasa lo mismo, y el barro es el polvo: hay rotores que lo aguantan todo y rotores que ahorran energía todos los días, pero ninguno hace las dos cosas bien. Estas son las nueve claves para elegir.
Antes que el rotor se decide la posición. Si el ventilador va antes del filtro, todo el polvo pasa por adentro. Si va después, mueve aire limpio. Esa sola decisión elige la mitad del ventilador, y por eso, siempre que se puede, el ventilador va del lado limpio: la agencia ambiental de Estados Unidos lo señala justamente porque así se puede usar el rotor más eficiente. Es, además, la decisión más barata de tomar bien al principio: mover el ventilador después significa ductos nuevos, otra base y muchas veces otro motor.
Paletas rectas, que salen del centro como los rayos de una rueda. Deja pasar polvo, viruta y hasta trozos de metal sin engancharse, se ensucia poco y da mucha presión con poco caudal. Es el más robusto. También es el menos eficiente de los centrífugos. Va donde el aire viene sucio, o cuando el propio ventilador transporta material.
Álabes curvos en la entrada que terminan rectos en la punta. Llegan a rendimientos del orden del 75 % y toleran una carga moderada de polvo y el aire húmedo. Es una buena opción cuando el ventilador va después de un ciclón, que ya sacó lo grueso pero dejó pasar lo fino.
Álabes que se inclinan contra el giro: planos, curvos o con perfil aerodinámico. Son los más eficientes; los catálogos de los fabricantes declaran picos del orden del 80 al 90 %, según el perfil, y el número que vale es el de la curva certificada de cada ventilador. Tienen además una virtud que se agradece: su potencia no sobrecarga el motor aunque el sistema cambie. El problema es el polvo. Se pega en los álabes, desbalancea el rotor y, en los perfiles aerodinámicos, los gasta. Los de chapa simple toleran algo de polvo liviano; los aerodinámicos, nada. Van después del filtro.
Muchos álabes cortos, curvados a favor del giro, como en los equipos de aire acondicionado. Son compactos y silenciosos, rinden alrededor de 55 a 65 % y sirven para aire limpio y baja presión. Su potencia sube con el caudal hasta sobrecargar el motor, y el polvo los tapa. En aspiración industrial, no.
En un mismo ventilador, el caudal sube en proporción a las vueltas, la presión con el cuadrado y la potencia con el cubo. Un 10 % más de vueltas pide un 33 % más de potencia. Siempre. Por eso «subirle un poco la polea» para que las campanas chupen más termina, muchas veces, con un motor que se calienta. Y las leyes valen para el mismo ventilador, o para uno geométricamente igual: no sirven para comparar dos modelos distintos. La presión y la potencia también siguen a la densidad del aire: con aire caliente o en un lugar alto, el mismo ventilador a las mismas vueltas da menos presión y consume menos, y por eso las curvas de catálogo, hechas para aire estándar, se corrigen antes de elegir.
El sistema también tiene su curva: su resistencia crece con el cuadrado del caudal. El ventilador trabaja donde su curva corta la del sistema, y conviene que ese punto quede cerca del de mejor rendimiento. Lo que más arruina ese punto en la obra es lo que la norma AMCA 201 llama efecto del sistema: un codo o una compuerta pegados a la boca de entrada, que hacen entrar el aire girando, o un codo justo en la descarga, que puede quitarle hasta un 30 % del caudal. La descarga necesita al menos dos diámetros y medio de ducto recto hasta unos 12,7 m/s, y uno más por cada 5,1 m/s adicionales.
En el taller, un rotor que vuelve de trabajar antes de un filtro cuenta su historia sin que nadie la explique: el borde de ataque de los álabes, comido; la cara de presión, lisa como arenada; y del otro lado, una costra de polvo pegado. Las dos cosas lo desbalancean. Y un rotor desbalanceado no solo vibra: castiga los rodamientos, afloja los bulones de la base y, con el tiempo, fisura soldaduras. Por eso el rotor se balancea al fabricarlo y otra vez después de cada reparación. La norma AMCA 204 pone a los ventiladores de filtros y de control de contaminación de hasta 298 kW en la categoría BV-3, con un grado de balanceo G 6,3; por encima, BV-4 y G 2,5. Y fija velocidades de vibración: en la categoría BV-3, montado sobre una base rígida, se da una alarma a 10,2 mm/s y se para a 12,7 mm/s, medidos en la obra.
La disposición dice dónde van los rodamientos y el motor. En la nomenclatura AMCA, la 1 tiene el rotor en voladizo y dos rodamientos sobre un pedestal; la 4 lo monta directo en el eje del motor, sin rodamientos propios; la 8 es la 1 con el motor sobre la misma base; la 9 y la 10, a correa, con el motor afuera o adentro del pedestal; y en la 3 los rodamientos quedan dentro de la corriente de aire, algo que con aire caliente o sucio conviene evitar. Los fabricantes dan límites de temperatura según la disposición: del orden de 54 °C para la 3 y de 82 °C para la 4, donde el motor queda pegado al aire que se mueve. El sentido de giro se mira desde el lado del accionamiento, y la descarga se nombra por su ángulo: «horario 90» es horizontal arriba.
Donde hay polvo o gases inflamables, la construcción antichispa de AMCA tiene tres tipos. En el A, todo lo que está en la corriente de aire es no ferroso. En el B, el rotor y un anillo alrededor del eje son no ferrosos. En el C, nada ferroso puede rozar con otra pieza ferrosa aunque el rotor se corra. Dos aclaraciones que se olvidan: el inoxidable no cuenta como no ferroso, y el aluminio que roza acero oxidado puede sacar chispa. La misma norma aclara que no garantiza seguridad.
Si querés ver dónde entra el ventilador en el cálculo completo, está en la guía para dimensionar un sistema de aspiración, y la calculadora de ventiladores de la Suite pasa el caudal y la presión a HP. En Indumor fabricamos ventiladores centrífugos a medida. Y si vas a reemplazar uno, medí el que tenés antes de sacarlo: caudal, presión a la entrada y a la salida, vueltas y amperes. Con esos números, el nuevo se elige. Sin ellos, se adivina.
Contanos qué aire mueve y dónde va, y te decimos qué rotor conviene.
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